Diana L. Hernández Cobos
La teología de la liberación es una corriente teológica que comenzó en Latinoamérica después del Concilio Vaticano II (CV II) y la conferencia de Medellín (Colombia, 1968).
Sus ideólogos más destacados son los sacerdotes Gustavo Gutiérrez Merino (Peruano) y Leonardo Boff (Brasileño). Gustavo Gutiérrez fue quien usó por primera vez la expresión “teología de la liberación” en 1967. Gutiérrez ha sido una de las figuras centrales en el movimiento de la teología de la liberación desde sus comienzos en los años sesenta. Su libro: Teología de la liberación, perspectivas (1971), sigue siendo estudiado como uno de los trabajos centrales de la nueva teología que apareció a partir del CV II.
Los máximos exponentes de esta teología, Monseñor Romero, arzobispo de El Salvador y el jesuita José Ellacuría, fueron asesinados a sangre fría, así como otros muchos catequistas, sacerdotes y agentes de pastoral, que practicaban y aceptaban estos supuestos en varios países de América Latina.
La teología de la liberación intenta responder a la cuestión que los cristianos de América Latina se plantean: ¿Cómo ser cristiano en un continente oprimido?, ¿cómo conseguir que nuestra fe no sea alienante sino liberadora?, ¿cómo cantar al señor en una tierra extraña?
La teología de la liberación se ha dedicado a difundir el Evangelio cristiano con un peculiar estilo.Su filosofía es de condena y de apego a la pobreza. Busca un análisis profundo del significado de las clases sociales y su relación con la pobreza. Para llegar a ello, inserta el marxismo y otras ideologías sociales con el cristianismo.
Algunas ideas de la teología de la liberación son: la salvación cristiana no puede darse sin la liberación económica, política, social e ideológica, como signos visibles de la dignidad del hombre; eliminar la explotación, la falta de oportunidades e injusticias de este mundo; garantizar el acceso a la educación y la salud; la liberación como toma de conciencia ante la realidad socioeconómica latinoamericana. La situación actual de la mayoría de los latinoamericanos contradice el designio histórico de “Dios y la pobreza es un pecado social”; tomar conciencia de la lucha de clases optando siempre por los pobres; crear un “hombre nuevo” como condición indispensable para asegurar el éxito de la transformación social, el hombre solidario y creativo motor de la actividad humana en contraposición a la mentalidad capitalista de especulación y espíritu de lucro; la libre aceptación de la doctrina evangélica, es decir, primeramente procurar a la persona unas condiciones de vida dignas y posteriormente su adoctrinamiento evangélico si la persona quiere.
En Teología de la liberación, perspectivas, Gutiérrez realiza un análisis de la percepción bíblica de pobreza. En esta obra distingue dos estados de pobreza: como un estado escandaloso y como infancia espiritual. Sin embargo, para Gutiérrez estos dos estados de pobreza conviven en la fe de los creyentes de América latina. Por un lado hay hambre de Dios, por otro hambre de pan: “Yo deseo que el hambre de Dios permanezca; que el hambre de pan se haga resolver… hambre de Dios sí, hambre de pan no”.
Para Gustavo Gutiérrez, la teología de la liberación es un acto segundo, es decir, emana de una EXPERIENCIA de compromiso y trabajo con y por los pobres, de horror ante la pobreza y la injusticia, y de apreciación de las posibilidades de las personas oprimidas como creadores de su propia historia y superadores del sufrimiento. No es por lo tanto, un desarrollo intelectual que luego se quiera llevar a la realidad.
Los máximos exponentes de esta teología, Monseñor Romero, arzobispo de El Salvador y el jesuita José Ellacuría, fueron asesinados a sangre fría, así como otros muchos catequistas, sacerdotes y agentes de pastoral, que practicaban y aceptaban estos supuestos en varios países de América Latina.
La teología de la liberación intenta responder a la cuestión que los cristianos de América Latina se plantean: ¿Cómo ser cristiano en un continente oprimido?, ¿cómo conseguir que nuestra fe no sea alienante sino liberadora?, ¿cómo cantar al señor en una tierra extraña?
La teología de la liberación se ha dedicado a difundir el Evangelio cristiano con un peculiar estilo.Su filosofía es de condena y de apego a la pobreza. Busca un análisis profundo del significado de las clases sociales y su relación con la pobreza. Para llegar a ello, inserta el marxismo y otras ideologías sociales con el cristianismo.
Algunas ideas de la teología de la liberación son: la salvación cristiana no puede darse sin la liberación económica, política, social e ideológica, como signos visibles de la dignidad del hombre; eliminar la explotación, la falta de oportunidades e injusticias de este mundo; garantizar el acceso a la educación y la salud; la liberación como toma de conciencia ante la realidad socioeconómica latinoamericana. La situación actual de la mayoría de los latinoamericanos contradice el designio histórico de “Dios y la pobreza es un pecado social”; tomar conciencia de la lucha de clases optando siempre por los pobres; crear un “hombre nuevo” como condición indispensable para asegurar el éxito de la transformación social, el hombre solidario y creativo motor de la actividad humana en contraposición a la mentalidad capitalista de especulación y espíritu de lucro; la libre aceptación de la doctrina evangélica, es decir, primeramente procurar a la persona unas condiciones de vida dignas y posteriormente su adoctrinamiento evangélico si la persona quiere.
En Teología de la liberación, perspectivas, Gutiérrez realiza un análisis de la percepción bíblica de pobreza. En esta obra distingue dos estados de pobreza: como un estado escandaloso y como infancia espiritual. Sin embargo, para Gutiérrez estos dos estados de pobreza conviven en la fe de los creyentes de América latina. Por un lado hay hambre de Dios, por otro hambre de pan: “Yo deseo que el hambre de Dios permanezca; que el hambre de pan se haga resolver… hambre de Dios sí, hambre de pan no”.
Para Gustavo Gutiérrez, la teología de la liberación es un acto segundo, es decir, emana de una EXPERIENCIA de compromiso y trabajo con y por los pobres, de horror ante la pobreza y la injusticia, y de apreciación de las posibilidades de las personas oprimidas como creadores de su propia historia y superadores del sufrimiento. No es por lo tanto, un desarrollo intelectual que luego se quiera llevar a la realidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario